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Crónica de un día Lisztíssimo

Como avanzamos hace unos días, ayer tuvo lugar el maratón de 12 horas dedicado a Franz Liszt: TempoLiszt. Y, por supuesto, estuvimos allí. Preveíamos que iba a merecer la pena y no nos equivocamos; fue un día realmente completo y entretenido.

El maratón estaba dividido en diferentes espacios y disciplinas, por lo que se podía pasar del teatro a la danza o del piano al cine con sólo bajar una escalera o cruzar una puerta.

Los pianistas tenían dos espacios distintos para tocar y, de hecho, cada pianista tocaba dos veces: primero en un sitio y luego en el otro. Por tanto, era fácil compaginar unas actuaciones con otras, pues siempre había dos oportunidades para verlo todo (de hecho, así pasaba con la danza y el teatro).

Como decía, los pianistas estaban repartidos entre alumnos del Conservatorio Superior y de distintos Conservatorios de Grado Medio. Así, pudimos ver (entre otros) al cada vez más famoso Matteo Giuliani (no le perdáis la pista, es un auténtico fenómeno), de 11 años.

Una de las cosas bonitas con respecto a los pianistas fue la cercanía que había con el público. Yo que siempre me ando quejando de la distancia que hay entre intérprete y público, ayer no sólo no tuve queja sino que estuve realmente encantada. Los pianistas tocaban sus obras de Liszt, procurando no perder la concentración (he de decir que no es fácil tocar cuando hay tanto ruido alrededor) y los niños, principalmente, se acercaban a mirar. Y no, no molestaban, ni interrumpían, ni hablaban. Sólo miraban, asombrados, al piano y al pianista.

Por eso me parecen tan interesantes e importantes este tipo de iniciativas. ¿Cuántos de esos niños habrán descubierto sin darse cuenta una vocación o un interés por la música hasta ese momento desconocido?

Por otro lado, pudimos disfrutar de una obra de teatro sonoro, en la que cuatro personajes se movían al ritmo de varias Consolaciones de Liszt, mostrándonos sin palabras cómo escribir su nombre correctamente. Y creo que sirvió, porque llegados al punto que muestra esta foto, algún niño que tenía por detrás susurró: ¡Ahora toca la T!

Menos mal que llegó este número protagonizado por los zapatos, que nos dejó claro que antes de la T, viene la Z.

Y así, tras trucos de magia, juegos rítmicos con pelotas, montones de zapatos y un tesoro escondido para terminar, aprendimos a escribir correctamente el nombre del homenajeado del día: Liszt.

Y si me pareció realmente interesante y educativo poder ver a los pianistas de cerca, qué decir de la danza y los bailarines. Es cierto que entre ellos se estila eso de dar clases abiertas de vez en cuando, de forma que familiares, amigos o gente interesada en general, puedan observar los progresos de los alumnos. Sin embargo, para los que no estamos familiarizados con ese mundo, es una experiencia nueva estar tan cerca de unos bailarines: oler la resina, escuchar el ruido de las puntas y los saltos, sentir la respiración… Todo eso no se aprecia desde la butaca de un teatro. Aquí un pequeño ejemplo de lo que pudimos ver.

Al igual que los pianistas, eran alumnos de conservatorios profesionales de danza y también del superior, pero en ninguno de los casos defraudaron.

 

Por último (y siempre intercalando pianistas entre actividad y actividad) fue el turno del cine. A lo largo de toda la jornada, se estuvieron proyectando películas que, de alguna manera estuvieran relacionadas con Liszt, por temática o porque la música de Liszt fuera utilizada en ellas. Y la última del maratón fue Shine.

Aunque es una película de sobra conocida, es de esas que nunca importa ver una vez más. Y francamente, fue un colofón perfecto para un día perfecto.

 

En el camino se nos quedaron sin ver las actuaciones de la Orquesta de la Comunidad de Madrid, de la Banda del Conservatorio Superior, las interpretaciones de Ángel Huidobro o Robert Lehrbaumer e incluso el Requiem de Liszt cantado por el Coro de voces graves de Madrid.

Era complicado hacerlo todo y al final, intenté decantarme por lo que me pareció más especial y difícil de disfrutar en el día a día de la agenda de conciertos de Madrid.

En cualquier caso fue un verdadero placer y cuento los días para saber cuál será la sorpresa que nos prepararán el año que viene los señores y señoras de los Teatros del Canal. Muchas gracias a todos ellos. Y enhorabuena.


TempoLiszt

Precisamente hablábamos antes de ayer, día de Santa Cecilia, acerca de la distancia que parecen tener la música clásica y los músicos con el pueblo y entonces… aparecen los Teatros del Canal y nos dan esta agradable sorpresa: un maratón de 12 horas de actividades en torno al compositor, pianista y maestro húngaro Franz Liszt, con motivo del bicentenario de su nacimiento.

Ya el año pasado por estas fechas, hicieron algo similar pero centrado en la figura de Frederic Chopin. Tuve el placer de asistir y realmente me pareció algo espectacular, entrañable y para todos los públicos.

Veo que este año va a ser algo parecido y la verdad es que tiene muy buena pinta. En su web dicen que durante todo el día se ofrecerán conciertos y recitales de piano, representaciones de danza y propuestas orientadas al público infantil. Web, que dicho sea de paso, os invito a que visitéis para que leáis de primera mano todas las actividades programadas a lo largo del día, con su horario correspondiente. Todo gratuito excepto el concierto de la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Realmente merece la pena…

Pinchad aquí para visitar la página.

Y aquí para descargaros el programa de mano: Tempoliszt – programa

¡No os lo perdáis!


El fenómeno “fan”

Y nos pensábamos que era un invento de los Beatles o Take That, de Julio Iglesias o Jesulín (uno no tiene por qué ser músico para tener fans).

Pues no; en pleno siglo XIX vivió un conquistador de mujeres que tocaba el piano tan endiabladamente bien como lo hacía Paganini con el violín. Su sola presencia alteraba a las féminas de tal forma que de los desmayos a las peleas por una gota de sudor no había ni un paso.

¿Y qué tiene que tener alguien para provocar esos sentimientos en la gente? Hace años, primaba por encima de todo el virtuosismo de dicha persona en la disciplina que practicara, junto a una belleza real o “provocada” y un punto de chulería que en su justa medida puede resultar irresistible. Esa seguridad en uno mismo que arrolla con una mirada.

A día de hoy, el virtuosismo en la disiplina (si es que la hubiere) queda relegado al último lugar, pasando por delante la belleza “provocada” y la chulería convertida ya en soberbia. Los bellos virtuosos han dejado paso a los groseros cantamañanas que no saben callar, ni mirar, ni conquistar.

Y es una pena, porque cuando a nuestros “ídolos” se les ven los defectos sobre el escenario, ¿cómo serán cuando se bajan de él? Mucho más que vulgares, supongo. O mucho menos. Una pena.

Aquí un artículo interesante sobre el fenómeno fan de Liszt.


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